Cuento | Casi un palo verde



Por Javier Lodeiro Ocampo (*)

Mi jefe y yo estacionamos el Duna en el callejón detrás del banco. “Esperá acá”, me dijo. Se bajó, caminó hasta la puerta y golpeó. Un morocho de uniforme azul abrió la puerta y la cerró detrás de él. Bajé la ventanilla y la brisa inundó el auto. Apagué el estéreo. La voz de Patricia Sosa no me dejaba pensar, y me hacía falta: mi jefe tenía algo grande entre manos desde hacía semanas. Sabía que tarde o temprano trataría de enredarme y que si me convencía no habría vuelta atrás. Mi jefe era un tipo de acción, nunca dudaba, o eso creía yo. Encaraba cada cosa en la vida con una certeza que yo sólo había experimentado una vez, años antes, un verano en que conocí cierta chica que hablaba con Dios. Dios le decía qué hacer y cómo hacerlo, siempre sus dictados coincidían con sus deseos. Estaba loca, y terminó contagiándome. Fueron tres meses de fluir en un universo ordenado en donde no había contradicción entre lo deseado y lo inevitable. Pero el verano al fin terminó, la chica se fue, igual que la certeza, igual que Dios.


Diez minutos más tarde apareció mi jefe. Tiró el maletín con la guita en el asiento de atrás y me sonrió. “Novecientos cincuenta mil pesos”, dijo. Los ojos le brillaron. “¿Y si  nos vamos a la mierda?”, agregó. El bigote se le dobló en una esquina, como  si debajo estuviera la sonrisa de Gardel. Mi jefe era un hijo de puta pero no había forma de que no te cayera bien.  “Es casi un  palo verde”, insistió. Me reí y él estalló en una carcajada de dibujo animado. Aceleró, salimos del callejón, y tomamos la ruta. Eran más de sesenta kilómetros de desierto hasta los trailers en donde íbamos a ensobrar la plata para los sueldos. 

Casi un palo verde en el asiento de atrás. Con la ventanilla baja y a ciento treinta kilómetros por hora, el viento tibio del desierto me abrazaba la cara como si fuera un par de manos gigantescas y suaves. No había una sola nube en el cielo, no había un sólo auto en la ruta. 

“Che, pendejo”, le escuché decir a mi jefe, “cerrá la ventana que nos vamos a volar. Voy a prender el aire acondicionado”. 

Subí la ventanilla. Tomamos una curva larga hacia la derecha. En ese lugar se abría una planicie circular de unos tres o cuatro kilómetros de ancho. Mi jefe seguía hablando pero  ya no lo escuchaba. Dos días antes había visto un guanaco enorme en el centro de esa planicie. Estaba sentado como si fuera una esfinge, inmóvil, mirando hacia la ruta. El sol del verano le daba de lleno en la cabeza. En cambio, esa tarde la planicie estaba vacía. “Dios debe ser uno de esos animales”, pensé, “o un gorrión o una libélula. Dios debe ser alguien o algo que está ahí al costado del camino mirándonos, esperándonos, sin que absolutamente nadie lo sospeche”.

“¡Che, pendejo!”, gritó mi jefe. “¿No me escuchás lo que te digo?” 

“¿Qué?” 

“Lo de irnos con la guita”, dijo. “ Era una joda. No te lo vayas a creer” .

La sonrisa de Gardel se había deformado. Sus ojos ya no brillaban, parecía un poco preocupado, aunque sólo un poco. Encendió un cigarrillo.

“Che, ¿cómo es que no te gusta Patricia Sosa?”, dijo y me palmeó el hombro.

Miré otra vez por la ventanilla. El dios de la chica era una brasa candente, pero si lo tenías, nada más hacía falta; el dios de mi jefe era cualquier fajo de billetes.

“Tal vez Dios es realmente una libélula y alguien ya lo aplastó hace siglos”, dije en voz alta. Mi jefe explotó en una carcajada.


(*) Javier Lodeiro Ocampo

(Buenos Aires, 1969)

Artista plástico y escritor. Pasó su infancia en Hurlingham, San Isidro y Caracas. Desde 1983 ha vivido en distintas ciudades de la Patagonia. Además de su recorrido artístico por la pintura, ha escrito novela, cuento y poesía. Textos suyos han sido publicados en revistas digitales y blog literarios. Según él mismo dice, su actividad artística puede resumirse en que siente la experiencia de un humano de dos maneras: “superficialmente es una hermosa bendición, y profundamente un doloroso misterio”. Actualmente prepara una novela con matices fantásticos y ambientación histórica.

"Casi un palo verde" se publica en #LaAquateca con autorización del autor.